LUCAS DAMIÁN CORTIANA

El
asunto con eso de parecerse a un monstruo es que la gente te teme o te
desprecia o te ignora o te quiere pisar con el auto o descargarte en el pecho
todas las balas de una ametralladora MAG 7,62 mm. o insultarle a tu madre o
pensar “pobre diablo” o disimular su asco en una sonrisa o ladrarte mientras
caminas o culparte de todas sus miserias, en fin, bah, como a cualquier persona
normal. Sin embargo, me ha pasado varias veces, de llegar a un restaurante y
que las sillas queden vacías y que las puertas, aunque no  fueran vaivén, terminasen como de saloon de lejano oeste. Y los
inspectores de tránsito, tan sensibles al 0,5 gramos de alcohol por litro de
sangre y a los muertos en el baúl y a las armas en la guantera, ya no me
detienen para pedirme la licencia y eso que llevo un guiño roto desde hace tres
meses y una vez doblé en U sólo para verle el posterior a una señorita que
tenía pinta de secretaria a juzgar por la falda y el paso apresurado como de quien
se juega la vida en unos folios y algunas carpetas. Pero soy incapaz de matar a
una mosca. Me lo dijiste tú misma la noche esa que me arrojaste un florero.
“Reaccioná, hijo de mil cortesanas guarras, sin querer parido y en una iglesia
abandonado”, supusiste. Siempre te gustaron los improperios combinados y los
hipérbaton desubicados. Pero luego me limpiaste el corte en la cabeza con un
algodón y me hiciste el amor aunque estaba desmayado.
Es
que es del todo cierto. A un monstruo se lo debe juzgar por sus apetitos. Eso
diferencia a un idiota de un monstruo. Además que uno se conforma con migajas
de dicha y el otro sabe reconocer la felicidad aunque nunca la haya visto. Pero
yo no sé si fui feliz alguna vez. Claro, me gusta dormir hasta tarde y sonrío
cada vez que alguien se quema con el primer sorbo de té, pero acepto una
segunda opinión.
Si
alguien sabe si soy un idiota o un monstruo, esa eres tú. Porque el amor es el
apetito de apetitos. Y a veces quiero seducirte como un novio con un ramo de
petunias o con rosas robadas de un nicho y comprarte bombones y llevarte al
cine y proponerte en París y bajarte la luna y dormirnos en la Piazza San Marco
con la canción de un gondolieri; y otras veces, tan arbitrariamente como un
elefante entonando las estrofas del himno neozelandés o como el Pentágono, sin
probar nada en ningún océano, ni misiles ni pasos de baile para el Cuerpo de
Marines, se me ocurre ser un cohete de la URSS y avivar cualquier guerra fría
hasta que me disuelvas las ganas de alunizarte como una inoportuna perestroika;
y por qué no, sacudirme el pelo mojado como un perro después de caerse a una
zanja con agua de las cloacas, un segundo después de que te hayas vestido para
una fiesta; también terminar en la cárcel por escarbarte el pecho con un
tenedor, para ver qué tienes allí, si un corazón, lindo, con ventrículos, válvulas
bicúspides y todas esas arterias enredadas como auriculares o algo más, también
vivo, pero menos horroroso. Porque el amor es para los idiotas. ¿Lo has notado?
Los idiotas lloran con las sagas de vampiros pero no les conmueve ni una
neurona ni un glóbulo blanco la traición o la mentira. Se dejan aturdir cuando
un reggaetón los mancilla a quemarropa, pero la muerte no los desorienta. El
amor es cosa de torpes, ya ves, como la muerte es cosa de sabios.
Los
monstruos vivimos en un agujero en alguna cueva y sabemos del frío y de las
estalactitas goteando sobre nuestra cama todos sus períodos glaciares. Además
allí no hay tv satelital. Por eso me decías “abrázame estoy congelada” y luego,
“monstruo, estás como el ártico, quítame las manos de encima o te denuncio”.
Eso, creo yo, es precisamente lo que nos define como monstruos. La inhabilidad
para hacer lo que es la norma. Por eso también, una vez, me quemaste el cuello
con un encendedor, porque pagué la boleta del gas con tres días de retraso y
nos cortaron el servicio en medio de una nevada. Claro, no podía abrazarte,
porque un buey almizclero no sirve de calefactor. Por eso odio la monotonía del
desayuno en la cama, de pedir la cuenta a los mozos, de lo que se usa decir
cuando se acostumbra querer quedar como un caballero. La rutina me convierte, me
deforma los gestos y me crecen pelos en los muslos sin importar las
circunferencias de las lunas. Es probable que en ello haya algo extraordinario.
O no. Tal vez sea el sistema inmunológico repeliendo un virus o una defensa del
organismo intentando evitar algo peor. Ser un hámster en la rueda, por ejemplo.
Otro más.
Lucas Damián
Cortiana
 (Chivilcoy,
Argentina, 1983), escritor, ha colaborado en diversos medios y publicado en
diversas antologías y ha obtenido el premio «Pluma de Plata» en el
certamen de poesía organizado por la SADE. En la página
de Facebook “Rata Carmelito” pueden encontrarse retales de su
poesía.