FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ 


  
De todas las historias de espionaje y deserción, una
de las más increíbles es la del coronel  Vitali Yurchenko, coronel del
KGB. Yurchenko sacudió los cimientos de la inteligencia norteamericana cuando,
en agosto de 1985, se puso en contacto con la base de la CIA en Roma y anunció
que quería desertar. “Aquella noticia- dijo William Casey, el director de la
CIA- era como si la Navidad hubiera llegado de repente.”
Tras continuos interrogatorios y docenas de informes
de los psicólogos, Casey quedó convencido de la sinceridad del desertor. El
premio parecía demasiado bueno como para rechazarlo por una vaga sospecha.
Yurchenko hablaba mucho. Informó a los norteamericanos de las operaciones del
KGB en todo el mundo y del programa de fabricación de armas químicas y
biológicas en la Unión Soviética. Para la CIA fue como si le hubiera tocado el
bote de la primitiva.
La confianza en el coronel desertor fue creciendo.
Casey le ofreció, incluso,  un puesto de asesor de la CIA, y todo parecía
ir sobre ruedas hasta que, pasadas unas semanas, Yurchenko se puso triste y le
cambió el humor. La CIA imaginó que era porque se sentía aislado y extraño en
el nuevo mundo del “sueño americano” que le esperaba con los brazos abiertos. Y
eso a pesar de que mantenía contacto telefónico con Moscú a través de su
amante, esposa de un diplomático ruso, con la que hablaba casi a diario.
Vital Yurchenko

El  viernes 1 de noviembre de 1985, la CIA dio
por terminados los exhaustivos interrogatorios,  y a partir de entonces
Yurchenko podía considerarse  hombre libre. Para celebrarlo, sus
interrogadores le llevaron a cenar a uno de los mejores restaurantes de
Washington, que para más escarnio llevaba el nombre de “Au Pied de Cochon” (El
pie de cerdo), reconvertido ahora en hamburguesería. Allí, entre brindis y
bromas, el coronel se levantó de repente. Sonriente,  preguntó a los
agentes norteamericanos.
“¿ Qué haríais si me marcho ahora? ¿ Me dispararíais?”
Los de la CIA se echaron a reír y le pidieron que se
tomara otra copa. Aquello les hizo mucha gracia.
“Bueno, pues me voy. Volveré dentro de quince
minutos.”
Yurchenko echó a andar hacia la salida, y por extraño
que parezca nadie reaccionó para detenerlo.
Cuando pasaron los quince minutos, Yurchenko seguía
sin aparecer, y solo entonces uno de los agentes de la CIA cayó en la cuenta de
que la embajada soviética estaba a un cuarto de hora andando del restaurante.
La cena acabó en chasco y humillación. Una de las mayores humillaciones de la
CIA en toda su historia.
Yurchenko regresa a la URSS

Tres días después, Yurchenko habló a la prensa desde
la embajada de la URSS. Declaró que había sido secuestrado y narcotizado en
Roma, y luego enviado en un avión militar a Washington, donde, aletargado por
las drogas, había sido interrogado por la CIA. Todas las preguntas sobre el
caso quedaron abiertas y sin respuesta cierta, aunque circularon versiones
varias. A posteriori se dijo que su deserción fue una puesta en escena
del KGB para desviar la atención de uno de los grandes traidores de la Guerra
Fría, Aldrich Ames, quien durante mucho tiempo vendió a Moscú secretos vitales
de la CIA y está condenado a cadena perpetua en Estados Unidos.
Poco después, el coronel Yurchenko voló a Moscú y
desapareció de la faz de la tierra. Su destino final es tan oscuro como la
peripecia de su extraña fuga.

Nada más se supo de él. Dicen que durante un tiempo
trabajó de guardia de seguridad en un banco,  aunque también afirman
 que algunos turistas lo descubrieron en Moscú, pidiendo limosna en las
escaleras del metro y farfullando palabras de borracho. Y si hubieran acertado
a preguntarle su nombre y el mendigo les hubiera dicho que se llamaba
Yurchenko, Vitali Yurchenko, es probable que al verle tan viejo y derrotado
hubieran dejado caer un par de monedas, sin saber que la  mugrienta mano
que las recogía era la misma que un día meció la cuna de la CIA y estuvo a
punto de volcarla.

Fernando Martínez Laínez,
escritor y periodista de amplia trayectoria, fue uno de los iniciadores de la
novela negra en España. Ha escrito también, entre otros géneros, libros de
viajes, biografias, guiones de radio y televisión, de divulgación histórica y
de literatura juvenil.