Cicerón acusa en el Senado romano a Catilina (108-62 a.C.) de prestidigitación, 21 de octubre de 63 a.C. Cromolitografía de Hans W. Schmidt

 

Con inevitable y deliberada evocación del clásico de Stefan Zweig, se publican estos otros momentos estelares, ya no de la humanidad, sino de los Parlamentos, que solo muy ingenuamente puede decirse que la representen. Y si en la Historia, decía Zweig, “gran parte de lo que ocurre es indiferente y trivial”, si “los momentos sublimes, inolvidables, son raros” y si “han de transcurrir millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar de la humanidad”, lo mismo pasa en la vida de los Parlamentos. Aunque sean provechosas para las funciones que tienen atribuidas, no solo hay en ellos millones de horas tediosas e insulsas, sino que en ocasiones las hay bochornosas. Pero de vez en cuando, seguramente con más frecuencia que en otros escenarios, se producen momentos estelares. De esos, de algunos de esos, da cuenta este libro. Lo hacen treinta y ocho Letrados (buena parte Letradas) de las Cortes, convertidos para la ocasión en cronistas parlamentarios de lujo.

Los Parlamentos de que aquí se habla no son solo los del parlamentarismo ni los de las democracias. Se trata de Parlamentos en sentido amplio, como equivalentes a cualquier asamblea con alguna función representativa, aunque sea la aristocrática, la estamental o la censitaria más restringida. Así, por ejemplo, aparecen pasajes sobre el discurso parlamentario en la Grecia clásica o sobre el Senado romano o sobre la Curia de León en la que, por incluir representación de las ciudades y villas, además de la nobleza y del clero, se ha querido ver avant la lettre un precedente democrático. Lo que sí son es reflejos de la vida de los parlamentos nacionales, no de las instituciones similares supranacionales (nada del Parlamente europeo) ni de las infranacionales, por más que también han tenido sus días de gloria y de célebre ignominia.

La Historia de la que se ocupa es, cabe decir, como la de esos libros habitualmente denominados “Historia universal y de España”, en que por universal se entiende sobre todo el mundo occidental, marginando en gran medida lo ocurrido fuera de Europa y América; en la que España, más allá de su peso en lo universal, ocupa una atención preeminente; y en la que no se llega a la última actualidad. Se habla ahora a veces del aparente oxímoron “Historia del tiempo presente” que se ocupa de las circunstancias actuales, aunque con perspectiva y método histórico. Pero tampoco de esto había nada en aquellos libros. La obra reseñada, igual que aquellos libros, se centra en Europa y América (realmente, Estados Unidos de América del norte, con una excepción en favor de México); presta especial atención a lo sucedido en España (a cuyas vicisitudes parlamentarias dedica diez de sus treinta y nueve capítulos); y llega precisamente hasta 1978, sin que el casi medio siglo transcurrido desde entonces ocupe ninguno de los capítulos, pese a que, por razones obvias, nuestros cronistas podrían dar testimonio personal y muy revelador de algunos de ellos. Acaso no vean en lo que conocen de primera mano nada digno de contar o nada que, por prudencia, sea conveniente contar. Han preferido ser historiadores de hechos remotos.  Y tal vez sea mejor así, que, en esto de los Parlamentos, como en casi todo, aunque no se piense que cualquier tiempo pasado fue mejor, por lo menos, con el transcurso de los años, puede contemplarse con más serenidad y con menos pesadumbre que lo que todavía se tiene fresco o incluso se sigue sufriendo.

 

Sesión inaugural de los Estados Generales en París (5 de mayo de 1789)

 

Los momentos que en el libro se rememoran no son siempre estelares en el sentido de gloriosos, de “resplandecientes como estrellas”, que es de lo que habló Zweig. Ni siquiera son todos -ni muchos de ellos-  éxitos de los Parlamentos ni, por así decir, páginas brillantes de su historia. Algunos son más bien lo contrario. Pero sí son todos significativos, dignos de ser recordados. Como se dice en la Presentación, no están todos los que son, pero sí son todos los que están.

Entre los “resplandecientes como estrellas” se pasa revista a la Convención de Filadelfia de 1787 que aprobó la Constitución de Estados Unidos; a la Asamblea Nacional de Francia de 1789  y su proclamación de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en un ambiente general nada propicio para la serenidad ni para debates de altos vuelos que, sin embargo, allí se desarrollaron; a la aprobación en Estados Unidos en 1964 de la Ley de Derechos Civiles, con su prohibición de la discriminación y segregación racial, aunque quizá pueda pensarse que lo asombroso es que allí solo tan tardíamente se alcanzara ese logro. También, entre esos momentos rutilantes los hay españoles. En su momento Pérez Galdós habló de “dos o tres instantes mágicos registrados en los anales del Parlamento español”. Entre ellos, se refería al discurso de Castelar sobre la libertad religiosa en la elaboración de la Constitución de 1869, que también tiene aquí su crónica, aunque seguramente solo tenga valor local y como expresión de la oratoria grandilocuente. Pero hay otros que, por méritos propios, por su significado objetivo, deben inscribirse entre los momentos estelares de la Historia universal. Desde luego, el de las Cortes de Cádiz, que quedan representadas en nuestro libro con el discurso de presentación del proyecto de Constitución pronunciado por Argüelles. Y, además, el reconocimiento del voto femenino en las Cortes constituyentes de 1931. Se rememora la célebre sesión plenaria de 1 de octubre, en la que, frente a las intervenciones de otros parlamentarios que prefiero no recordar aquí, se alzó Clara Campoamor. En este caso, la crónica de nuestro libro se convierte en un homenaje a una persona a cuyo humanismo, talento y tesón debe la Constitución de la II República, no solo la proclamación del verdadero sufragio universal, sino también, más allá de ello, la igualdad de derechos de hombres y mujeres en todos los terrenos.  O sea, le debe su mayor, mejor y más permanente avance. Sí, aquella sesión de 1 de octubre de 1931 verdaderamente debe aparecer entre las páginas más brillantes de los Parlamentos y Clara Campoamor, la única mujer protagonista de las crónicas escogidas, merece encontrarse entre sus más excelsos representantes.   

 

La abogada madrileña Clara Campoamor en un mitin electoral durante la República, en San Sebastián. Fototeka Kutxa

 

Entre los momentos estelares elegidos los hay que, aunque menos felices, que los anteriores, y con menos calado jurídico, han sido muy relevantes y hasta cruciales porque han marcado el rumbo de la Historia durante mucho tiempo. Por ejemplo, entre otros, la declaración de guerra a Japón por Estados Unidos en 1941; o, un año antes, y también condicionante del resultado de la II Guerra Mundial, el nombramiento en 1940 de Churchill como primer ministro.

Otros momentos parlamentarios glosados no han dejado tanta huella, pero son, como mínimo, espectaculares, como el impeachment de Warren Hasting que, con Edmund Burke de acusador, tuvo en vilo al Londres de 1788; o, por seguir con los impeachment, el más famoso de todos, el de Nixon, que centró la atención mundial en 1974. Otras crónicas dan testimonio de episodios emocionantes, como cuando el Senado francés levantó la sesión en señal de duelo por la muerte de Víctor Hugo. Los hay hasta estremecedores, como el de la sesión del Parlamento italiano en 1978 (el más reciente de los tratados) con motivo del asesinato de Aldo Moro. A veces son conmovedores, no propiamente por el desarrollo de la sesión parlamentaria, sino porque lo que vino después les da un significado especial y los engrandece. Es el caso de la última sesión en el Senado del presidente Eduardo Dato que, tras una igual de tensa que otras muchas de aquel periodo convulso, de vuelta a su casa el 8 de marzo de 1921 fue asesinado. La maestría con la que se reconstruye aquella tarde en el Senado y la semblanza entrañable que se hace del personaje permiten a su crónica convertirlo en un momento estelar.

Pero el libro recoge igualmente momentos aciagos. Entre los más oscuros, el incendio en 1933 del Reichstag, símbolo del antiparlamentarismo radical que, de derechas y de izquierdas, recorrió Europa en esas décadas del siglo XX; y, más que el incendio en sí mismo, sus consecuencias inmediatas, pues propició que el propio Parlamento alemán aprobara las normas (sobre todo, la llamada Ley Habilitante que concentraba el poder en Hitler) que instauraron el Estado nacionalsocialista. Es quizá el ejemplo más dramático, de entre los que se han dado, de Parlamentos que aprueban las bases para su propia destrucción y para desmantelar el Estado de Derecho. Que los Parlamentos adopten decisiones equivocadas o que el tiempo demostró equivocadas está en la misma naturaleza humana de sus componentes, que no hay nada en su composición (nada angelical) ni en su forma de deliberar y decidir que los libre del error. Desde la primera de las crónicas recogidas esto queda reflejado. Así, con elocuencia memorable, Pericles convenció a la asamblea ateniense para declarar la guerra a los peloponesios, pero ello condujo a treinta años de batallas, a la derrota final de Atenas y a su decadencia. La decisión parlamentaria, si así se la puede llamar, fue, pues, desastrosa, como lo han sido otras muchas.

 

Carta de dimisión del entonces presidente norteamericano, Richard Nixon, a raíz del proceso de destitución iniciado en la Cámara de Representantes en octubre de 1973

 

En el libro reseñado los Parlamentos aparecen en el desarrollo de todas sus funciones prototípicas. Hay crónicas sobre su función constituyente, como la aprobación de la Constitución Mejicana de 1917 o la proclamación de Repúblicas: la de Francia en 1875, adoptada con un solo voto de diferencia; la de Portugal en 1911; la de España de 1873, acordada por unas Cortes mayoritariamente monárquicas y que, tras una breve y azarosa vida, acabó con frustración y el estrepitoso fracaso representado en el imaginario popular con la entrada a caballo del general Pavía. Las hay, desde luego, de su función legislativa ordinaria, aunque de repercusión extraordinaria, casi constituyente (como la aprobación de la Ley para la reforma de la representación popular en Inglaterra y Gales de 1832; la Ley de 1911 que redujo drásticamente los poderes legislativos de la Cámara de los Lores; la Ley francesa de 1905 de separación de la Iglesia y el Estado; las Leyes alemanas de la censura de 1926 y del servicio militar obligatorio de 1956; etc.). Pero también hay crónicas sobre la función parlamentaria de control del ejecutivo (con los ya aludidos impeachment) o sobre su función en los regímenes parlamentarios en sentido más estricto de nombramiento y destitución de presidentes de Gobierno o de presidentes de República. Así, tienen su lugar, por ejemplo, el nombramiento de De Gaulle por la Asamblea Nacional francesa en 1958, preludio de la V República, con un discurso estremecedor del general, o la destitución de Alcalá-Zamora, ya en la inminencia de la Guerra Civil. Asimismo, hay capítulos sobre el papel de los Parlamentos en relaciones internacionales (además, de las declaraciones de guerra, la negativa del Senado americano en 1920 a firmar el Tratado de Versalles). Y, con un lugar específico, sus funciones en relación con los presupuestos que han dado ocasión para episodios memorables. Es el caso, de los debates sobre el presupuesto británico de 1852 en el que destacaron Disraeli y Gladstone, “epítomes de la Edad de Oro del parlamentarismo liberal británico” y con “una de las mayores y más apasionantes rivalidades políticas que haya tenido jamás lugar”. Y es el caso, asimismo, de las disputas entre Guillermo I de Prusia y su Jefe de Gobierno, Bismarck, de un lado, y el Parlamento, del otro, enfrentados por los gastos militares que aquellos se proponían y que éste rechazaba, disputa que se saldó con triunfo de los primeros. Y que, más allá de ese enfrentamiento y los debates parlamentarios, dio resultados relevantes pues está ahí el origen de la construcción de Laband sobre la distinción entre leyes materiales y meramente formales (como serían las aprobatorias de los presupuestos), distinción de la que seguimos siendo herederos y con consecuencias que incluso encuentran reflejo en nuestra Constitución, como se explica en la aguda crónica que da noticias del episodio. Sirva esto de muestra de una característica de varios capítulos: nuestros cronistas, aunque metidos a historiadores, no se desprenden de su carácter de Letrados de manera que sus relatos están con frecuencia entreverados de atinadas y sugerentes observaciones jurídicas. También ello ha influido en la elección de algunos temas que a veces parecen pretexto para dar entrada a grandes maestros del Derecho. Así aparece en escena Vittorio Emanuele Orlando, el gran jurista, que a sus 86 año abrió la primera sesión parlamentaria de la Asamblea constituyente italiana en 1946.

Y, junto al repaso a las grandes funciones de los Parlamentos, también tienen su lugar las técnicas parlamentarias, incluida su versión patológica del obstruccionismo. En concreto, el llamado filibusterismo, la forma más plúmbea de obstruccionismo parlamentario en la que el orador, que en algunas Cámaras no tiene límite de tiempo y puede hablar mientras no se siente, prolonga interminablemente sus intervenciones para impedir la aprobación de leyes o cualquier otro pronunciamiento de la asamblea. Ni siquiera esas peroratas tienen que estar relacionadas con lo que en cada momento se discuta. Hay casos, nos cuentan nuestras crónicas, en que se han leído novelas, cuentos, recetas de cocina, tratados de economía y hasta jurisprudencia, lo que acaso sea lo más insoportable y vulnere ya abiertamente el mínimo de cortesía parlamentaria. El caso es que nuestro libro, de entre los muchos ejemplos de filibusterismo parlamentario, tiene el acierto de elegir el que protagonizó en 1908 un senador estadounidense que tras llegar a hablar más de 18 horas seguidas sosteniéndose a base de leche con huevos, cuando probó el que le trajeron del restaurante del Senado lo escupió y gritó que estaba envenenado. Aunque se demostró que, en efecto, la leche contenía un tóxico, no se probó que fuese obra de alguno de sus desesperados oyentes. En cualquier caso, esa técnica obstruccionista no cabe en España donde los parlamentarios tienen tasado su tiempo. Cosa distinta es que algunas intervenciones, aunque objetivamente cortas, se hagan interminables.  

 

Pelea multitudinaria en el parlamento japonés en el 2015, después de que varios partidos de la oposición presentaron una moción de censura en contra del primer ministro, Shinzo Abe.

 

Casi al final de la obra, dos capítulos reflejan nuestra transición democrática, que también ella misma, aunque denostada por algunos, merece aparecer entre los momentos estelares más brillantes y a la que también yo he querido hacerle un lugar específico al final. Uno recoge la sesión constitutiva de las primeras Cortes democráticas celebrada el 13 de julio de 1977 y la crónica, redactada por quien la vivió en persona como Letrado de las Cortes, “da fe -por utilizar sus propias palabras- de la esperanza de futuro que revoloteaba por el hemiciclo”. El siguiente 26 de julio, el Pleno creo una Comisión Constitucional que, a su vez, designó una ponencia compuesta por siete personas, los luego llamados “padres de la Constitución”. La crónica, de quien fue Letrado de la Comisión y asesor de la Ponencia, se centra en los trabajos realizados por esta entre agosto y diciembre de 1977. Y quiero recoger sus palabras finales: “Los españoles deben mucho a esa Ponencia constitucional, que sentó las bases para un periodo de transición pacífico y que se ve en peligro por la multiplicidad de partidos políticos, que era previsible como consecuencia del sistema electoral que permitía una desproporción entre los votantes y la representación parlamentaria en el País Vasco y Cataluña”. Sin entrar en las causas que apunta, solo quiero señalar cómo de la “esperanza que revoloteaba” se pasa a los “peligros” que acechan a lo entonces construido.

En época de desilusión política, de desapego con las instituciones y de desengaño, no encontrará en este libro el lector razones para el optimismo, pero tampoco para la añoranza. Cuando los Parlamentos en general y el español en particular no pasan por su mejor momento ni gozan de gran prestigio, cuando más bien parecen relegados a un papel secundario, este libro no es una crítica ni una reivindicación ni una propuesta para su revitalización o mejora. Simplemente ofrece elementos para conocer mejor su historia y, por ello, para la reflexión. No es un libro con tesis ni con conclusiones ni, si así cabe decirlo, con moraleja. Por su concepción y su autoría plural no podría serlo ni lo pretende. Es una obra abierta para que cada lector, que seguro que disfrutará leyendo sus cuidadas y deliciosas crónicas, saque sus propias conclusiones de ese mosaico de momentos parlamentarios, unos felices y otros desgraciados, pero nunca insulsos.

Tal vez alguien pueda pensar que es tranquilizador que, en nuestras Cortes, además de parlamentarios elegidos por los líderes de los partidos políticos en función de su grado de obediencia incondicional, haya unos Letrados con mucha más capacidad y altura. Por lo menos, son hoy los que escriben un momento estelar con la publicación de esta obra original cuya lectura, que resultará placentera, es muy recomendable.

 

 

Puedes comprar el libro en este enlace