Ricardo Baliardo, conocido como Manitas de Plata, fue uno de los reyes de la música gitana al que recuerda el escritor Joaquín Albaicín en su breve ensayo Plata en las manos.  Son y leyenda de Ricardo Baliardo. Nacido en la localidad francesa de Sète en 1921 en una autocaravana y fallecido en Montpellier 2014, fue junto a Sabicas y Paco de Lucía uno de los tres mejores guitarristas flamencos, aunque no tan completo como los dos anteriores según Albaicín.

La familia de Manitas de Plata se asentó en la Camarga en torno a 1783 tras la pragmática de Carlos III que imponía a los gitanos la sedentarización y escolarización obligatoria. Baliardo, al igual que su padre, era tratante de caballos, y no actuó en público hasta 1963, diez años después de la muerte de Django Reinhardt el gran músico de jazz gitano al que tenía una gran admiración. Sin embargo, desde pequeño tocaba junto a otros músicos de la familia en las terrazas de la Costa Azul.

La amistad con el fotógrafo de Arles, Lucien Clergue, surgida durante sus reportajes fotográficos sobre los gitanos que vivían en la Camargue fue decisiva en su carrera. Clergue fue el creador de los Encuentros internacionales de fotografía de Arlés, uno de los acontecimientos fotográficos internacionales más importantes, y dio clases de fotografía en Nueva York. Amigo de Picasso y de Jean Cocteau, les presentó a Ricardo Baliardo y apoyó su carrera en Nueva York.  

 

Manitas de Plata con Picasso

 

Los años dorados de Manitas de Plata fueron los sesenta y setenta. En 1965 actuó en el Carnegie Hall de Nueva York, donde volvió durante los años siguientes catorce veces. Ese año se publicaron tres LP en la colección Classic Record Library, un sello de música clásica y acompañadas de un cuaderno explicativo con fotos de Clergue y un texto del escritor John Steinbeck que define a Baliardo como “un artista salvaje y grande”.

Actuó también en el Olympia parisino, el teatro de las Naciones, el teatro de los Campos Elíseos, el Royal Albert Hall de Londres… Fue el primer artista gitano en consagrarse como icono pop en la escena musical francesa. Suya fue la música de la película de Clergue Picasso, guerre, amor et paix  y unos de los temas de la banda sonora de ¡Jo, qué noche! de Martín Scorsese.

Según escribe Albaicín, Baliardo, con una estética que anticipó la de Raimundo Amador, aunque al comienzo de su carrera era un gitano trajeado a lo clásico, con corbata de seda y a veces pañuelo al cuello, tenía una guitarra en cuya caja había firmado y pintado Picasso dos toreros. “Resulta congruente que artistas como Dalí, Picasso o Cocteau creyeron reconocer en su energía, su práctica vitalista, su libertad, su duende a uno de los suyos”.

 

 

Jamás ensayaba y resultaba imposible estudiar con él una coreografía, según la bailarina Nina Corti. Tampoco le preocupó ejercer ninguna influencia ni ceñirse a modelo alguno. “Su repertorio se basaba en la rumba de los gitanos catalanes sumada a una patente influencia de fondo del espíritu del jazz Manouche, base rítmica sobre la cual -escúchese su Rumba des Launes– recreaba a menudo las falsetas por tangos y jaleos de los gitanos portugueses y extremeños”, añade Albaicín.

Un apoyo importante lo tuvo en su primo y cantaor José Reyes que le acompañó en las giras y conciertos y cuyos hijos formaron los Gipsy Kings, a los que se sumó también un hijo de Manitas de Plata, Tonino Baliardo.

Manitas de Plata fue muy cuestionado por la ortodoxia flamenca, pero Albaicín considera “indiscutibles su fulgurante pulsación, su innato carisma y su capacidad para emocionar a las audiencias europeas”.

 

Manitas de Plata en una actuación en la discoteca Palladium de Gerona en 1971

 

“Debo confesar que cuando escucho a Manitas de Plata, en especial sus tangos Saga Gitane… me sucede lo que diría que con ningún otro tañedor me pasa: que me siento libre, siento que el mundo es mío. Qué signifique exactamente esto, no sabría decirlo. Pero así logra que me sienta”.

Un músico que nunca aprendió a leer ni escribir, y que a Joaquín Albaicín le parece anticipar a Raimundo Amador y Pata Negra.

Manitas de Plata hizo mucho dinero, pero murió pobre y con pleitos con la Hacienda francesa por los derechos de autor y el pago de impuestos. Vivió bien, se obsequió con juergas y caprichos, mantuvo a una extensa familia y no dudó en ayudar a otros gitanos pobres. Pero siempre tuvo claro que si hubiese vuelto a nacer hubiese hecho lo mismo, porque el dinero está para gastarlo. Nunca pensó en comprarse una propiedad, “porque los gitanos pensamos que la tierra es para los muertos”.

 

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