La Sibila de Cumas. Óleo por Domenichino, 1617. Museos Capitolinos, Roma

El tiempo no sólo es un misterio, sino que provoca a muchos un miedo cerval, porque, como un heraldo, anuncia a cada instante que la muerte se aproxima sigilosa e inevitable. No sabemos si está hecho de la misma materia de los sueños y, aunque sospechamos que se trata de un modo de ser, nos empeñamos en imaginarlo convertido en un caníbal con los ojos desorbitados y las fauces abiertas mientras devora a sus hijos, igual que Saturno en la famosa pintura de Goya. Por eso, desde los orígenes mismos de la civilización, los humanos sentimos la perentoria necesidad de controlarlo para evitar que su naturaleza ignota deshoje nuestros días, desluzca nuestros recuerdos, nos consuma hasta hacernos desaparecer o destruya todo lo que nos rodea. Lo ahuyentamos con mitos, obras de arte, instituciones y otras huellas, que intentan sobrepasar el presente y desafiar su caducidad. Para orientarnos en esa fluencia, lo medimos poniendo mojones, celebrando las mismas fiestas todos los años y marcando hitos, con la esperanza de que la repetición anule su carácter escurridizo. Estas festividades, como las de Nochevieja y  Año Nuevo son ocasión para hacer promesas a cumplir en el próximo ciclo, pedir deseos o lanzar predicciones de toda clase, desde las astrológicas hasta las de Nostradamus. Ansiosos de eternidad, buscamos ese punto donde el cielo y la tierra se unen para que lo divino se transparente en lo sensible, ese instante de luz cegadora donde surgen las grandes ideas, las que abren a otros mundos y son realmente proféticas.

Siguiendo esta ancestral costumbre, el último fin de año fui a visitar el Antro de la Sibila, recientemente restaurado, en las ruinas de Cumas, una antigua colonia de la Magna Grecia, fundada cerca de la actual ciudad de Nápoles en torno al 750 a. C., sobre los Campos Flégreos, la caldera de un súper volcán en su mayor parte anegada por el agua. La cueva se halla a los pies de un promontorio coronado por los templos de Júpiter, Jove y Minerva, en medio de un paisaje frondoso desde el que se aprecia el mar, pero que sólo es la fachada bucólica de una localización terrorífica donde aún puede olerse el azufre de las fumarolas, los estanques de barro hirviente y los vapores sulfurosos exudados por el cercano Lago Averno, que, según los antiguos, constituía la entrada del infierno. Se trata de una galería trapezoidal de unos 130 metros de longitud excavada en la toba volcánica, con rítmicas aberturas laterales, que conduce a una gran sala abovedada con tres ábsides. Según la leyenda, allí habitaba la “Sibila”, nombre que recibían las sacerdotisas helenas al servicio del dios Apolo, encargadas de proferir los oráculos divinos y de profetizar el porvenir, entre las cuales las de Delfos y Cumas fueron muy famosas. Las referencias más antiguas a esta última se encuentran en Pausanias y, sobre todo, en la Eneida, donde Virgilio la define como “la aterradora profetisa”, la “santa sacerdotisa, sabedora de lo porvenir”, “la frenética adivina que allá en el fondo de su antro peñascoso va cantando los hados”, la “casta Sibila”, quien tiene una reunión con Eneas en medio de un viaje rumbo a lo desconocido tras participar en la Guerra de Troya. Así, el héroe defensor de la ciudad contra los aqueos reaparece cuatro siglos después de acabada la contienda merced a una licencia poética y al interés de transfigurar el relato en una historia mítica. Esto significa que la figura de la vidente, por muy real que haya sido, constituye en esta obra un arquetipo y que el descenso al inframundo que Eneas realiza en su compañía, donde no funcionan ni el tiempo ni el espacio, es en realidad un viaje iniciático, a cuyo término él saldrá transformado, listo para cumplir su misión de crear un nuevo universo, convertido en progenitor del pueblo romano.

 

El antro de la Sibila en Cumas

 

El héroe acude a Cumas para que la Sibila lo guíe en su bajada al reino de los muertos en busca del alma de su padre Anquises. En los cantos previos al encuentro, se muestra cómo el protagonista va siendo dirigido hacia ella. Primero por Heleno, hijo del rey Príamo, interpelado para que prediga los peligros que encontrará en su viaje de vuelta y cómo los podrá superar; luego por su padre, quien se le presenta en sueños y lo insta a acudir a los Campos Elíseos, donde mora junto a los héroes y a los hombres virtuosos. Por fin, en el canto VI, Virgilio narra cómo “el piadoso Eneas se encamina hacia la alta ciudadela presidida por Apolo y al recóndito escondite de la pavorosa a Sibila, un antro enorme». Ella los recibe a él y a sus compañeros en el umbral de su gruta «excavada en la roca, en la que hay cien agujeros como cien bocas, por las que salen otras tantas voces, las respuestas de la Sibila». De pronto, ella entra en trance:

«Se le transfigura el rostro, se le altera el color, se le desatan los cabellos, su pecho se vuelve anhelante, un delirio fiero atenaza su corazón, adquiriendo una estatura y una voz sobrehumanas, a medida que el espíritu del dios se le aproxima”.

Entonces Eneas ruega que los vaticinios, normalmente transcritos en hexámetros sobre hojas de palma y dispersados por el viento, se le ofrezcan de una manera ordenada.

“En tanto, aún no sometida del todo a Febo, revuélvese en su caverna la terrible Sibila, procurando sacudir de su pecho el poderoso espíritu del dios; pero cuanto más ella se esfuerza, tanto más fatiga él su espumante boca, domando aquel fiero corazón e imprimiendo en él su numen. Ábrense, en fin, por sí solas las cien grandes puertas del templo, y llevan los aires las respuestas de la Sibila”.

 

Giovanni Battista Piranesi. Otra vista del Templo de la Sibila en Tivoli.

 

Entre rugidos y con sus propias palabras, la sacerdotisa vaticina el complejo destino de Eneas desde el fondo de su cueva -como dice Virgilio, “horrendos misterios, envolviendo en términos oscuros cosas verdaderas”-. Una vez que “cesa el furor y descansa su rabiosa boca”, el héroe le pide ver a su padre en el infierno. Ella responde que fácil es llegar y muy difícil volver desde allí, si no es por voluntad de Júpiter o por la fuerza de una gran virtud, pero finalmente accede a guiarlo en atención al amor paternofilial, siempre y cuando consiga la rama dorada como regalo para Proserpina, la esposa de Plutón, rey del inframundo. Tras enterrar con honras a uno de sus hombres, el corneta Miseno, cuya muerte inesperada había sido predicha por la adivina, queda probada su veracidad. Entonces Eneas se hace con la mágica rama y emprende con la anciana Sibila el viaje espiritual, cuya función es evidentemente pedagógica, pues en cierto sentido constituye un catálogo alegórico de vicios y virtudes éticas. Entran por el vestíbulo infernal, donde se guarecen todas las desgracias humanas, prestas a acceder al mundo real: el dolor, la discordia, la guerra, el miedo, el hambre, la pobreza, el trabajo, los malos goces del alma y la muerte, con su hermano el sueño. En su camino se topan con monstruos horrorosos y feroces: centauros, seres biformes o de cien brazos, la hidra de Lerna, Quimera, las Gorgonas y las Harpías, pero la vieja tranquiliza al héroe -quien muy pronto blande su espada- haciéndole notar que sólo se trata de sombras. Ella convence al barquero Caronte, sucio y con ojos llameantes, para que los cruce al otro lado de la laguna Estigia y distrae a Cancerbero, el perro trifauce que ladra eternamente, arrojándole una torta amasada con miel y adormidera justo cuando comenzaban a desplegarse las culebras de su cuello en señal de hambre rabiosa. A medida que avanzan en la oscuridad, escuchan los llantos de los desdichados a la vez que Eneas se reencuentra con las almas de sus compañeros de filas y ve alejarse a los caudillos enemigos, junto con las falanges de Agamenón, despavoridos ante su presencia. En medio de un bosque, descubren a la reina fenicia Dido, que vaga con la herida abierta en su pecho después de quitarse la vida debido al abandono de Eneas, quien ahora le pide un perdón que no le es concedido. Dejan a un lado el espantoso precipicio del Tártaro, donde los malos sufren los peores castigos, los que se repiten eternamente, y es la Sibila quien cuenta lo que pasa allí. Cada individuo presentado es un ejemplo de criminal.

Y finalmente se acercan al palacio de Plutón para dejar la ofrenda a Proserpina  continuando hacia los Campos Elíseos, el lugar en que reinan la risa, la luz y la felicidad. A ese ámbito no se le reconoce un carácter intramundano, pues hasta los personajes parecen estar flotando en el aire. Allí se encuentran con Anquises junto al Leteo, el río del olvido, examinando las almas destinadas a vivir en la tierra, en una escena que trae ecos del mito de Er en el libro X de la República de Platón. Éste es el momento crucial de toda la epopeya porque el padre transmite al hijo el conocimiento supremo de la vida: la teoría de la reencarnación de origen órfico-pitagórico, además de pronosticar toda la historia de Roma hasta los tiempos de Augusto. Después de esa revelación, los acompaña hasta la salida del infierno a través de las dos puertas del Sueño. Utilizan la de marfil, por donde no transitan las verdaderas sombras, sino que está reservada a “los Manes para enviar al cielo sus falsos sueños”. Una vez fuera, la Sibila se desvanece de forma inadvertida sin que se vuelva a saber de ella, mientras que Eneas, incapaz de comprender la magnitud del anuncio que acaba de recibir, seguramente olvidará los detalles, pero su padre le habrá inculcado el deseo de gloria que lo animará en sus futuras aventuras.

 

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Con imágenes espeluznantes y sobrecogedoras, este relato abrumador es uno de textos antiguos que describe mejor los inmensos poderes atribuidos a la pitonisa, dada su capacidad de establecer un puente entre el mundo espiritual y el terreno. Pero, además, han llegado a nosotros otras leyendas que la tienen como protagonista e intentan esclarecer las paradojas que entraña para los humanos la eternidad, deslindándola del tiempo y del envejecimiento, o muestran su enigmática manera de enseñar el valor de la sabiduría críptica. Una tradición cuenta que la Sibila de Eritras en Lidia era la misma que la de Cumas y había vivido cientos de años, razón por la cual Miguel Ángel la pinta en los frescos de la Capilla Sixtina como una anciana enérgica y vigorosa. Se decía que Apolo se había enamorado de ella cuando era una muchacha, prometiendo concederle el primer deseo que expresase. Ella le solicitó una larga vida olvidándose de pedirle la juventud. El dios se la ofreció a cambio de su virginidad, pero ella lo rechazó. Así, a medida que envejecía, se volvía más menuda y seca, hasta que terminó pareciéndose a una cigarra. La encerraron entonces en una jaula que colgaba en el templo de Apolo en Cumas. Los niños le preguntaban: “Sibila, ¿qué quieres? Y ella, harta de vivir, contestaba: “Quiero morir”. Se decía también que había ido a Roma durante el reinado de Tarquino el Soberbio, llevando consigo hasta nueve colecciones de oráculos. Ofreció vendérselos al rey, pero éste se negó a adquirirlos por considerar que el precio era excesivo. A cada negativa, la profetisa quemaba tres libros, manteniendo siempre  el mismo coste. Al final, Tarquino compró los tres últimos por la cantidad inicial y los depositó en el templo de Júpiter Capitolino. Una vez cumplida su misión, ella desapareció. Durante la república y hasta el período de Augusto, estos libros sibilinos ejercieron gran influencia en la religión romana. Unos magistrados especiales estaban encargados de su conservación y los consultaban en caso de algún suceso extraordinario, pues en ellos había prescripciones religiosas, sea cultos o sacrificios expiatorios, para afrontar cualquier situación imprevista.

Personalmente, conocía estas historias hace ya mucho tiempo, pero mi interés por ir a la cueva de Cumas aumentó durante la pandemia, cuando leí la novela futurista de Mary Shelley El último hombre en la Tierra, publicada en 1826. La acción transcurre en el cuarto final del siglo XXI y narra el deambular de varios individuos a través de distintos escenarios geográficos, en los que van entretejiendo sus vidas, huyendo del descalabro económico y político de una sociedad agonizante, agravado por una plaga que, finalmente, destruye a la humanidad. El superviviente postrero se entretiene escribiendo lo sucedido. Pero Shelley declara en la introducción que el punto de partida de su obra se encuentra en una colección de escrituras proféticas en diversas lenguas que ella misma recogió en el antro de la Sibila cumana en 1818 adaptándolas al tipo de narrativa imperante en su época. Con este recurso no sólo intenta dar credibilidad al argumento quitándole cualquier traza subjetiva y provocando una cierta perplejidad ante un posible repliegue temporal, sino que, además, presenta el panorama futuro como una verdad que lo divino pronuncia a través de la pitonisa. Se trata de una profecía que abre una vía hacia el pasado, hacia un origen más allá del tiempo, que conecta con el porvenir, porque es un comienzo absoluto donde se fraguan los mitos que inevitables se cumplirán a lo largo del devenir humano. Para Shelley la novela retrata el final de la sociedad que recibió su inspiración de la revolución francesa, pero también el de la historia. De ahí que su descripción coincida con algunas imágenes apocalípticas: huracanes, un ensordecedor batir de las aguas, terremotos, inundaciones y un eclipse que oscurece el día con un sol negro trayendo una noche repentina, opaca, absoluta, habitada por una invasión de búhos y murciélagos y, por eso, concluye: “La naturaleza, nuestra madre, nuestra amiga, volvía hacia nosotros su rostro amenazante”.

La lectura del libro me sobrecogió por el parecido con la época actual y, cuando estuve en las excavaciones, observé la completa similitud de esta cueva -encontrada y explorada en 1932 por el arqueólogo Amedeo Maiuri- con las descripciones tanto de Virgilio como de Shelley. Y, aunque tal vez sólo se deba a la sugestión irracional que la voz profética ejerce sobre los ingenuamente crédulos, prefiero dudar de la interpretación de ciertos estudiosos que ven en las ruinas instalaciones militares defensivas aledañas a un puerto.  

 

 

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