Heinrich Mann (izq) y Alfred Döblin (dcha) cenando durante la Conferencia Económica Mundial, Berlín 1932

 

Le asistía la razón a George Steiner, el gran crítico literario de the New Yorker y de The Times Literary Supplement, cuando afirmaba, en tono de denuncia, que los estereotipos -la manera como concebimos a una sociedad, casi siempre para minusvalorarla- suelen ser verdades cansadas. Cuando nacieron, a veces de manera espontánea, pudieron quizás responder más o menos a una realidad -que las francesas, todas ellas, son infieles; que los mexicanos son machistas; que los ingleses o los catalanes son tacaños; que los prusianos son militaristas: los clichés al uso-, pero lo cierto es que las cosas cambian, en el sentido de que los grupos humanos se muestran cada vez más plurales, si bien las ideas -negativas- permanecen, porque (ahora es a Albert Einstein a quien hay que dar la palabra) resulta más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

Si todo eso ha sido así antes, hoy, en la época de la posverdad y con mucha gente presa de los sesgos confirmatorios y de su propio matrix emocional, el problema -porque lo es-  se eleva varias potencias.

Si acaso hay un asunto en el que las cosas alcanzan el grado máximo es cuanto tiene que ver con los judíos -si hablamos de una religión-, los semitas -una raza- o Israel -desde 1948, y por cierto con el apoyo decisivo de la Unión Soviética de Stalin-, un Estado. Es sin embargo un hecho notorio que hay muchos bautizados -o, en el caso, circuncidados- que no practican o incluso no creen. También resulta conocido que en las venas la mayoría de las personas corre sangre de procedencias varias. Y nadie puede discutir que en la geopolítica del Este del Mediterráneo las cosas son todo menos simples. Pero es igual, porque la opinión pública mayoritaria -y no sólo en España ni en Europa- sigue albergando contra aquella gente toda suerte de recelos, por decirlo con suavidad. El antisemitismo -vamos a llamarle así, aunque una vez más se trata de una simplificación terrible e incluso grosera- ha sido históricamente de derechas y ahora ha mutado a ser de izquierdas, pero, salvo en ese pequeño detalle, no hay mucho nuevo bajo el sol. La guerra de Gaza nos está retratando a todos.

Un ejemplo: si una empresa es propiedad del Sr. XYZ, cristiano (o protestante o agnóstico), solemos decir que su dueño es XYZ y nadie más. Pero si sucede que el tal XYZ es judío -de religión, de raza o de las dos cosas, al menos en parte-, lo que afirmamos es otra cosa: que la empresa es de los judíos, en plural. Es así como se da pie a la versión, ya enésima, de las teorías conspiratorias.

Sí, estamos ante un grupo humano que está condenado a ser puesto siempre en la diana, y a veces no sólo en el sentido metafórico del término. Sobre el holocausto nazi (1933-1945) no hará falta extenderse, pero lo cierto es que a ese extremo no se llega en un día: en lo más profundo y extendido de la sociedad de Alemania anidaba de siempre un sentimiento de abierta hostilidad. Y qué no decir de la Rusia zarista o de Polonia: los pogromos (literalmente, devastación) estuvieron a la orden del día. Del affaire Dreyfusl’affaire por excelencia: casi no hay que ponerle apellido-, que se extendió entre los años 1894 y 1906 en Francia, basta la mera mención. En fin, sin ningún ánimo agotador, recordemos que, entre nosotros, Franco, cuando quería identificar a un enemigo externo, hablaba del contubernio judeo-masónico.

 

Libro antisemita para niños

 

Algo parecido -que todos nos dejamos llevar por estereotipos y en general por simplificaciones: los aprioris de Kant y su hermano pequeño, los tipos ideales de Max Weber, a fuerza de degenerar, han terminado convirtiéndose en eso- sucede con la República de Weimar (1919-1933), aunque ahí las cosas son algo menos toscas, porque la rendida (y justificada) admiración por su exuberante creatividad cultural y artística coexiste con la estupefacción, o incluso el morbo, al constatar que fue de allí donde surgió nada menos que el nacionalsocialismo y Hitler. No sería tan brillante la cosa.

Francisco Uzcanga Meinecke -sus apellidos lo delatan: un mestizo, hijo de un donostiarra y una alemana- estudió muy bien la atmósfera berlinesa de la época en su memorable libro de 2018 El café sobre el volcán, con el subtítulo Una crónica del Berlín de entreguerras. El escenario era el Romanisches Café, junto a la Gedächniskirche, que, al igual que el Chicote del Madrid de los años cincuenta, era donde se reunía la crema de la intelectualidad. No fue sólo en la Viena del final del Impero Austro-Húngaro donde la gente de la cultura acostumbraba a reunirse en este tipo de lugares.

Del nuevo libro hay que empezar celebrando que haya elegido para la portada una foto de la famosa Nueva Sinagoga de Berlín, de 1866 -o sea, ya en la época de Bismarck aunque antes de constituirse el Reich-, situada en la Oranienburgstrasse, en el distrito Mitte, al norte del río Spree. Todo un símbolo: la RDA la terminó de demoler y sólo en 1995 (es decir, ya tras la reunificación) se reconstruyó para dedicarla a museo y centro cultural.

En cuanto a su contenido, digamos que acomete el empeño, nada sencillo, de poner los puntos sobre las íes y además empleando sólo 143 páginas, de las que la mayor parte se dedica a las biografías de los protagonistas, con 18 capítulos. Pero primero que nada viene una síntesis del estado de la cuestión -así se llama-, donde constan los siguientes datos:

– En la Alemania de 1933 había unos 550.000 judíos (sabiendo lo complicado de la calificación en no pocos casos), lo que venía a representar el 0,8 por ciento de la población: página 8.

– “La mayoría de ellos, alrededor del 60%, eran de familia acomodada, de ideología liberal, estaban perfectamente integrados y residían en ciudades, especialmente en Berlín, que congregaba a un tercio de los judíos alemanes. Para ellos había culminado el proceso de aculturación y asimilación iniciado por sus padres y abuelos. No les preocupaba la cuestión identitaria y, si acaso, se sentían ciudadanos alemanes de religión judía, por este orden; la prioridad quedaba clara”. En fin, “no tenían mucha conciencia religiosa, guardaban las fiestas preceptivas más que nada por respeto a la tradición y como pretexto para reunirse en familia”.

Como es obvio, no faltaban tampoco los ortodoxos, que estaban en franca minoría.

Y también merecen una mención singular los judíos que habían luchado en las filas del Kaiser en la Primera Guerra Mundial y cuyo rasgo ideológico fundamental era el antibolchevismo: página 9.

 

Interior de la Sinagoga de Berlín en 1896

 

– Desde el punto de vista económico, “la mayoría pertenecía a la clase media y otros muchos vivían en el umbral de la pobreza”. Ricos había, pero, como siempre, eran casos aislados: página 11.

Durante la época de Weimar, “la mayoría de los judíos alemanes seguía perteneciendo a la burguesía urbana y se dedicaba al comercio, especialmente del sector textil, o ejercía profesiones liberales como médicos, abogados o periodistas. Otra gran porción engrosaba el proletariado industrial o desempeña los trabajos más ínfimos, en especial los inmigrantes que venían de Polonia, Rusia o Ucrania”. En efecto, los ricos -banqueros, dueños de grupos mediáticos o propietarios de grandes almacenes- eran una excepción, entre otras cosas porque, como sucede en cualquier grupo humano, los admirados son siempre pocos. De hecho, entre las diez primeras fortunas del país, ninguna era de judíos: página 17.

En síntesis, lejos de la idea monolítica de las sempiternas teorías de la conspiración, se trataba de un “complicado mosaico compuesto por partidarios de la asimilación, de la coexistencia o de la segregación: por judíos liberales, patriotas, sionistas, cosmopolitas, comunistas, anarquistas, conservadores, ultraderechistas, incluso simpatizantes de los nazis, …”: página 10.

– El mismo método analítico, e idéntico rigor, gasta el autor cuando expone lo que fue Weimar, de la que declara que debe dividirse en periodos y sólo del segundo, a partir del plan Dewes de refinanciación de la deuda de Versalles, puede proclamarse su carácter de dorado. “La república duró tres lustros -de noviembre de 2018 a enero de 1933- y en al menos dos de ellos el color fue otro. Hasta 1924 Alemania vivió una miserable y convulsa posguerra con constantes algaradas callejeras y atentados políticos; sufrió además dos intentos de golpe de Estado, el Kapp-Putsch y el Putsch de Múnich, la invasión del Ruhr por parte de los ejércitos francés y belga, y el annus horribilis de la inflación galopante. Y a partir de 1929, con la feroz crisis económica, los decretos de emergencia dictados por el presidente Von Hindenburg a espaldas del Parlamento y la trepidante subida de los nazis, empezó lo que Kurt Tucholsky llamó el viaje al tercer Reich. Así que, en puridad, sólo el lustro 1924-1929, un período de relativa estabilidad política, rápido crecimiento económico y asombrosa vitalidad cultural, merece el calificativo de Goldene Zwanziger”: página 16.

Y al final –A modo de epílogo– se vuelve a ello: “sobre todo a partir de 1924, una vez superada la época de la inflación, Berlín empezó a vivir un período de prosperidad, a convertirse en una ciudad puntera en cuanto a innovación tecnológica y desarrollo industrial”. Con las consecuencias -saludables- que suele tener la mezcla de dinero y libertad: “surgió una potentísima industria cultural y del espectáculo, en parte privado  en parte también impulsada por las autoridades locales: cines, teatros, salas de conciertos, museos, galerías de arte y, sobre todo, editoriales y grupos mediáticos con centenares de publicaciones”: página 135.

 

 

Pero ya se sabe que las sociedades tienen sus propias dinámicas, porque el inconsciente colectivo crea sus malditos, si se quiere decir así, a los cuales estigmatizan y acosan. Y (quizás como consecuencia del resultado de la Primera Guerra Mundial, que en Alemania se digirió tan rematadamente mal, como por cierto suele ocurrir cuando se pierde un Imperio) el papelón le cayó aquí a los judíos, intensificándose así lo que históricamente había venido pasando. Las reacciones entre la propia población judía (incluso en la que menos se sentía como tal) fueron las que nos podemos imaginar, porque héroes no suelen abundar: los hubo que, para adaptarse al medio, cayeron en el auto-odio o al menos intentaron borrar sus rasgos de pertenencia, cayendo así en una crisis de identidad -desdoblamiento de personalidad, si se quiere, o incluso desquiciamiento- que no suele conducir a nada bueno desde el punto de vista de la salud mental.

Y ello sin perjuicio de que los obstáculos puedan servir de motivación y tal fue aquí lo que pasó: “Es común apelar a la intensa formación cultural que cuidaban las comunidades judías a sabiendas de que era la mejor manera de salir adelante en un entorno que les cerraba tantos caminos; la formación era el patrimonio portátil de un pueblo condenado al éxodo y advertido de que en cualquier momento podía tener que volver a huir”: página 134.

Así las cosas, de las personas que son objeto de semblanza llaman la atención, en primer luchar, las mujeres (las Emilias Pardo Bazán de allí, si es que queremos poner ese parangón), empezando, por supuesto, por Gabriele Tergit, cuyo libro Los Effinger. Una saga berlinesa -que “hace hincapié en el trágico patriotismo de los judíos”: página 76- ha sido publicado por cierto en España hace un par de años con gran éxito. La autora había salido de Berlín en marzo de 1933 y tuvo la suerte de vivir mucho, hasta julio de 1982.

También, Else Lasker-Schüler, dramaturga y poetisa, quizá menos conocida en España y que vivió el final en Jerusalén, en 1945: o Masha Káleko, igualmente dedicada a la poesía; o Nelly Sachs, que en 1966 recibió junto a Shmuel Yosef Agnón y dijo eso de que este último encarnaba a Israel mientras que ella “representaba la tragedia de Israel”; o en fin, Anna Leghers, que estuvo entre quienes abrazaron el paradigma soviético (era conocidamente la moda de la época) y por eso pudieron vivir en la RDA. “Mientras en Alemania Oriental era ya una suerte de Santa Madre del comunismo, en occidente se convertía en la escritora oficial de un régimen totalitario. Su muerte en Berlín Este, el 1 de junio de 1983, fue honrada con un funeral de Estado”.

 

Alfred Döblin

 

Entre los varones, hay que decir que se encuentra Alexander Döblin, el autor de la celebrada Berlín Alexanderplatz (1929), que los nazis abominaron como ejemplo de la literatura del asfalto. Un judío, una vez más, con una relación compleja con su propia identidad. Murió en 1957, enfermo de párkinson, en un sanatorio de la Selva Negra.

Y, desde luego, Lion Feuchtwanger, creador de una conocidísima novela histórica ambientada en nuestro país, La judía de Toledo, sobre los amores de Alfonso VIII de Castilla -el de las Navas de Tolosa en 1212- y Raquel, la hija de un ministro judío. Como bien explica Uzcanga, se trata del eterno relato sobre las estrategias de supervivencia del pueblo perseguido (en esta ocasión, en el marco, eso sí, de la idealizada España de las tres culturas)- Este Feuchtwanger, escritor fallecido en Los Ángeles (USA) en 1958, no debe ser confundido -de más está decirlo- con Wilhelm Furtwänger (1986-1954), el director de orquesta que optó por quedarse en aquella Alemania y cuyas relaciones con el régimen de Hitler (y, de rebote, con el mundo judío) tanta polémica siguen despertando.

Sea dicho ahora que Uzcanga cierra la lista con Stefan Zweig. Como se explica, en página 122, se trata de “un escritor de dudoso encuadre en el marco autoimpuesto, pero que reúne a mi entender méritos para ser incluido aquí: porque, a pesar de vivir mayoritariamente en Salzburgo durante la República de Weimar, publicó todos sus libros de esos años en Alemania, tuvo una gran repercusión en la cultura y la política alemana, y acabó siendo una víctima del Tercer Reich”, en clara alusión a su huida a Brasil y su trágico final en 1942.

Un libro espléndido, sí señor: sus 143 páginas dan para muchísimo. Ser judío y al tiempo ser alemán -y escribir en alemán- no fue precisamente fácil entre 1919 y 1933 (y, entre 1933 y 1945, devino sencillamente imposible, como es notorio). Pero, como ahora se nos explica, no se trató de una mera incompatibilidad de identidades -dos polos que se rechazan- porque cada una de ellas se mostraba, a su vez, internamente compleja y ambigua, cuando no contradictoria consigo misma.

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