Arthur Rimbaud en su lecho de muerte . Dibujo original de su hermana Isabelle, 1895

 

 

Dos semanas sin escribir

 

Antes de nada, debo excusarme por haber abandonado este proyecto literario que, además, me permitía expresarme sólo un par de veces al mes. Pero el atracón de escritos y tiempo ocupado en Tailandia, preguntándome por qué los niñatos asesinan y descuartizan ante sus primeros problemas vitales, así como mi regreso a España vagando de casa en casa, de ciudad en ciudad, cuando ahora mismo me dispongo a comenzar una gira violentísima por siete ciudades españolas para presentar mi novela Avenida, me han dejado no seco de inspiración, sino de momentos para poder darle a la tecla: si en casa de tal, la música estaba alta, en la casa del otro muchos amigos me preguntaban cosas, cuando en resumidas cuentas, nunca tuve una misma cama, mesa, silla, conexión a internet durante más de 48 horas seguidas, cuando las botellas de vino se descorchaban como las reservas en restaurantes se ejercían para alimentarse como glotones. Pero bueno, que incluso así no he dejado de ser escritor, ya que el delirio, el sufrimiento (la procesión), la llevaba por dentro, de luto absoluto porque, además, tampoco podía leer, habiéndome convertido en la nada, algo astuta, pero en la auténtica nada. Aunque peor le fueron las cosas a Juan Rulfo que, tras su muy valorado Pedro Páramo, dejó de escribir, o al menos de publicar, como también le ocurrió a Salinger, que en su exilio del bolígrafo mostró peores maneras que Thomas Pynchon, el cual hoy día sigue vivo, aunque escriba muy poco, al menos. Carmen Laforet también dejó de pertenecer al mundo literario tras su Nada. David Foster Wallace después de su La broma infinita también cesó en su escritura para, a continuación, dejar de vivir tras colgarse en su estudio. Aunque el caso más incomprensible fue el de Rimbaud, que tras arrasar antes de la mayoría de edad, se pasó las últimas dos décadas de su vida trabajando como una persona no literata, sin haber dejado ni un solo párrafo más para la posteridad. Yo, como les decía, he vuelto. Y para quedarme. 

 

Carmen Laforet y Ramón J. Sender

 

 

Escritores en el exilio

Busqué en las redes a escritores patrios hechos presos durante el franquismo, y encontré unos cuantos para ayudar al post de hace tres semanas, pero fueron más los exiliados. De los primeros hablaré más adelante. Ejemplos contrastados de escritores que se exiliaron fueron Antonio Machado, Rafael Alberti, Elena Fortún o Manuel Chaves Nogales, tan famoso en estos tiempos democráticos. María Zambrano, la filósofa axárquica, también tuvo que elegir como nación el extranjero, donde terminó de conjugar su grandioso pensamiento. Ramón J. Sender también huyó, tras haber luchado en el lado republicano, cruzando a Francia a través de Portbou. Pero en la actualidad, sólo se exilian de España youtubers, y es para pagar menos impuestos. Por lo que la vida podríamos decir que mejora tecnológicamente hablando, aunque empeora en pureza y dignidad. 

 

 

 

De gira

En realidad, un escritor no es un rockero, como afortunadamente los músicos no son escritores, aunque a Bob Dylan los de las letras oficiales le concedieran el Nobel de Literatura, demostrándose que el control antidopaje debería ser obligatorio entre los miembros de ese jurado. De todas formas, desde el siglo pasado y para poder vender libros, se presentan los mismos, generalmente novedades, ante radiantes hinchas que esperan con el dinero en la mano para comprar el ejemplar y solicitar la dedicatoria del artista. Como yo llegué tarde a esta blasfemia, que no es la literatura, sino querer vivir de ella, puedo decir que me siento a gusto en mi déficit, y que por eso visitaré nueve ciudades tratando de dar a conocer mi última novela. Pero antes, otros escritores vivieron épocas mucho más boyantes, donde ver publicado un libro venía adosado a cientos de miles de ejemplares vendidos con sus correspondientes regalías. Y esas giras memorables atraían hasta a las televisiones, cuando hoy ni a los cacos de Hacienda. Yo mismo conseguí el doble cero hace años en Las Palmas de Gran Canaria: no sólo no asistieron lectores, sino que el presentador tampoco vino. Pero seguí escribiendo. Como si todo esto no fuera más que un océano de heroína. 

 

Joaquín Campos brinda por «Avenida»

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