Andrea Mantegna, El Parnaso, 1497, Museo del Louvre, París

El escritor e investigador mexicano Alberto Davidoff Misrachi, en su ensayo En honor a Eros (Turner, 2022) se adentra en la simbología que desde las antiguas civilizaciones han llegado hasta nosotros con el común denominador del eros.  En esta admirable exploración, visitamos múltiples lugares en un texto muy bien editado y profusamente ilustrado, y que nos conduce desde el antiguo Egipto, Creta, Grecia y Roma hasta la catedral de Notre Dame, la Edad Media, el Renacimiento, el hinduismo…, y que el autor relaciona entre sí.

Lo cierto es que el simbolismo erótico ha estado siempre presente a lo largo de las   distintas civilizaciones. Estas representaciones pueden encontrarse en el arte, la mitología y las prácticas religiosas.  En general, el simbolismo erótico en las civilizaciones antiguas reflejaba sus creencias sobre la sexualidad, la fertilidad y lo divino.

Davidoff nos enseña las intrincadas conexiones entre el sexo y la espiritualidad, ya que no le interesa tanto la relación erótica con lo ajeno a nosotros, como relacionar la sexualidad con la experiencia espiritual.  Lo que Davidoff define como la existencia de una brecha entre la materia y el alma a través de la cual se introduce el erotismo. Para él, el sexo une cuerpo y alma. Como afirma Davidoff, Platón lo consideraba un punto intermedio entre humanos y dioses, y San Agustín definió “El Cantar de los cantares” como el abrazo sensual del hombre hacia Dios.

 

Horus pisando los demonios de Seth.

 

En el antiguo Egipto la diosa Isis desempeñaba un papel importante en el simbolismo erótico. Era venerada como la madre divina y la esposa ideal, representando la fertilidad, el amor y la sexualidad. El símbolo del anj, que se asemeja a una cruz con un lazo en la parte superior, se asociaba a menudo con Isis y se consideraba un símbolo de vida y amor eterno. Además, el arte egipcio mostraba con frecuencia escenas de intimidad sexual en las paredes de templos y tumbas.

El Nilo era la masculinidad que desembocaba en la parte femenina, el triángulo del delta. De esta cópula nació el sol y la fertilidad como ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento. La mitología egipcia presentaba varias deidades vinculadas con la sexualidad y la procreación. El dios Osiris estaba asociado a la fertilidad, y la diosa Hathor tanto el amor como la sexualidad.

Osiris fue asesinado y descuartizado por su hermano Seth, pero más tarde revivió y se convirtió en el dios de la vida después de su muerte. El dios Dioniso, en la mitología griega, fue despedazado por los Titanes, pero resucitó y fue asociado con el renacimiento y el ciclo de la naturaleza.

 

Pináculos y obeliscos, cita del libro: “El “coro” está rodeado de “espinas”. Al igual que los obeliscos, apuntan a la vertical. Son rayos que vienen del Sol, pero también rayos que ascienden como en el Sol. Los obeliscos en Karnak se utilizaban en conjuntos.”

 

Ambos dioses estaban unidos a la fertilidad y la abundancia de la tierra. Osiris se considera un símbolo de la fertilidad, ya que se le asociaba con la crecida anual del Nilo. A Dionisio se le asocia a menudo con el crecimiento de las plantas, sobre todo de la vid, que era muy importante en su culto.

Ambas divinidades están unidas también con los estados alterados de conciencia y lo orgiástico. Dionisio, en particular, con los famosos festivales dionisíacos llamados Bacanales.   Por eso encarna la ruptura de las normas sociales y la liberación del individuo a través de experiencias extáticas.

Una presencia constante en casi todas las civilizaciones y que está asociada a la potencia sexual, es la serpiente. En Grecia, Hermes se representaba con una vara por la que asciende una serpiente, igual que la de bronce de Moisés. También en el budismo tántrico hindú, el taoísmo y el cristianismo tenemos a la serpiente ascendente.

 

Fragmento del tapiz del gusto de la Dama y el unicornio, Museo de Cluny, París

 

En el Partenón se sacralizaba el erotismo mediante Atenea. Y  las cariátides representan a los traidores que se unieron a los persas y fueron castigados sujetando un peso enorme durante toda la eternidad.

En el cristianismo los contenidos más eróticos de los libros sagrados fueron relegados aunque no olvidados, por lo que no era rarlo ver esas manifestaciones en la decoración de iglesias y catedrales, como enla iglesia San Vitale de Ravena o la catedral de Notre Dame, levantada sobre las ruinas de un templo a Isis, y donde abundan gárgolas con posturas que pueden interpretarse como sensuales. O los tres magníficos rosetones que simbolizan la luz divina y el sol.

En el libro no podía faltar tampoco el cuadro de El Bosco «El jardín de las delicias» que contiene multitud de elementos simbólicos, desde la alegoría del pecado y la fragilidad humana hasta una posible crítica a las instituciones religiosas, la corrupción política y los vicios sociales. Pero también las imágenes surrealistas y fantásticas pueden considerarse representaciones del inconsciente, que exploran temas como la tentación, el deseo sexual y los aspectos más oscuros de la naturaleza humana, ya que se dice que El Bosco formaba parte de los adamitas, una secta que practicaban el sexo que hacía Adán en el paraíso.

 

El jardín de las delicias. El Bosco 1490-1500. Museo Del Prado. Madrid

 

En cualquier caso, El Bosco creó intencionadamente una obra ambigua y compleja, dejando espacio para múltiples interpretaciones. El cuadro invita al espectador a comprometerse con su simbolismo y a formar su propia interpretación, permitiendo lecturas personales y subjetivas.

Davidoff no se olvida de los animales como otra característica de potencia sexual  en todas las civilizaciones, ya sea el toro, la cabra, el conejo, el mono, el león y el caballo. Durante el Renacimiento surgieron nuevos animales para representar la sexualidad, como el unicornio. Para cazarlo era necesaria una joven virgen que sirviese de cebo. Davidoff explica que Leonardo da Vinci empleó animales en distintas obras con un significado sexual.

Los símbolos tienen el poder de amplificar e intensificar las experiencias eróticas, lo que nada tiene que ver con la pornografía que, según el autor, destruye la fantasía erótica. Pueden evocar fuertes respuestas emocionales y estimular la imaginación. Mediante el uso de símbolos, el erotismo puede trascender lo puramente físico y adentrarse en los reinos de la fantasía, el misterio y el subconsciente.

Alberto Davidoff, a través de su conocimiento en nuestro patrimonio cultural, incluidos sus aspectos filosóficos, artísticos y espirituales, proporciona valiosas perspectivas sobre el simbolismo erótico.  

 

 

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