En los años noventa internet acababa de nacer, pero la cultura europea estaba mejor conectada
LOS SÍNDICOS DE LOS PAÑEROS, REMBRANDT HARMENSZ. VAN RIJN, 1662. RIJKSMUSEUM.
A comienzo de los años noventa, la World Wide Web acababa de nacer y, sin embargo, en Europa había una mayor conexión cultural que ahora. Puede parecer una boutade, pero conviene recordar que los vínculos culturales no nacieron con la red, sino que internet aceleró una infraestructura de circulación que llevaba décadas construyéndose y que a finales del siglo XX se encontraba en su momento más alto.
Hoy día resulta difícil entender qué significaba «estar conectado» antes de la red. Desde luego no implicaba tener un acceso instantáneo a la información, sino participar en un sistema de mediaciones lentas pero eficaces. Había revistas que viajaban de capital en capital y fijaban el gusto con semanas o meses de antelación. Comisarios y galeristas se desplazaban físicamente para ver exposiciones y después trasladaban esas experiencias a sus países. Los artistas que exponían en Londres, París, Venecia o Kassel lo hacían dentro del mismo circuito de bienales. Los discos y fanzines circulaban de mano en mano a través de sellos independientes. Las televisiones nacionales empezaban a compartir formatos y estéticas gracias a la desregulación de los canales privados en toda Europa.
La conexión existía, pero era una relación de nodos físicos, con ciudades, instituciones, publicaciones y personas que viajaban, en lugar de datos como sucede ahora. La velocidad era menor, pero la profundidad del intercambio real, al ser presencial, era mucho más intensa. Precisamente porque no se podía «contemplar» una exposición a distancia, ir a verla se convertía en un acontecimiento cultural compartido. Sin embargo, los programas de televisión, los periódicos, las revistas de moda o arte funcionaban como otros canales capaces de narrar ese acontecimiento a quienes no habían podido viajar. Ese papel de «influencer», que hoy se encuentra repartido entre miles de algoritmos y cuentas, antes se concentraba en pocas cabeceras, lo cual, paradójicamente, generaba una sensación de simultaneidad cultural mayor. Todo el continente miraba a las mismas fuentes.

Además, la proliferación de museos, bienales y macroacontecimientos culturales no era un fenómeno aislado, sino que formaba parte de una misma lógica europea de usar la cultura como diplomacia y economía. No obstante, sería muy atrevido hablar de «una cultura europea de los años noventa», ya que no hubo una cultura europea homogénea. Se hicieron transformaciones simultáneas, algunas visibles y otras mucho más profundas, que afectaron de manera diferente a Londres, París, Berlín, Madrid, Barcelona o Roma.
Los noventa fueron una década de transición. Con la caída del muro de Berlín en 1989 y de los regímenes comunistas de Europa del Este terminó la Guerra Fría. Europa se encontraba en plena transformación política y económica y las fronteras comenzaban a hacerse más permeables. Las ciudades competían por atraer exposiciones, museos, arquitecturas espectaculares y acontecimientos internacionales. El arte contemporáneo dejó progresivamente de ser un territorio reservado a especialistas y comenzó a formar parte de la imagen pública de las ciudades.
Londres fue uno de los grandes escenarios de ese proceso. Precisamente, el próximo 8 de octubre, el museo Tate Britain de Londres inaugura «The 90s: Art and Fashion», y que permanecerá abierta hasta el 14 de febrero de 2027. Comisariada por Edward Enninful, la exposición propone revisar una década que, según los organizadores, transformó la identidad cultural británica mediante la confluencia de los «Young British Artists», la fotografía de moda, las revistas, los clubes, las Rave, la nueva generación de diseñadores y la relación cada vez más estrecha entre arte y mercado.

David Sims. Isolated heroes
En el resto de Europa el mundo cultural tampoco permaneció con los brazos cruzados. En Francia continuó la tradición de las grandes instituciones culturales y de una intensa producción artística. Alemania, especialmente Berlín, convirtió la reunificación alemana en una experiencia cultural de enorme intensidad. Italia mantuvo su peso en el diseño, la moda y el arte. Y en España los noventa fue el momento en que la cultura española dejó de considerarse periférica y comenzó a participar con naturalidad en una supranacional.
El ecosistema cultural europeo comenzó a desempeñar nuevas funciones. Además de producir conocimiento o placer estético, podía transformar la imagen de una ciudad, atraer visitantes, revitalizar barrios y convertirse en un instrumento económico.
España fue uno de los ejemplos más claros. La Movida madrileña de comienzos de los ochenta había abierto puertas que las instituciones municipales y nacionales aprovecharon en beneficio propio. En 1992, Madrid fue la Capital Europea de la Cultura. Barcelona celebró los Juegos Olímpicos y Sevilla acogió la Exposición Universal. Tres acontecimientos de enorme proyección internacional que coincidieron en un mismo país y proyectaron una imagen de una España moderna, europea y culturalmente ambiciosa.
Pero también durante esos años se consolidaron infraestructuras culturales que todavía forman parte del paisaje español. El Museo Reina Sofía adquirió su condición de gran museo nacional de arte contemporáneo. Barcelona desarrolló una red de instituciones que incluía el CCCB y el MACBA; y posteriormente Bilbao encontró en el Guggenheim, inaugurado en 1997, una nueva manera de relacionar cultura, arquitectura y transformación urbana.

El Museo Guggenheim Bilbao
El Guggenheim es especialmente revelador. El museo de Frank Gehry no fue simplemente un contenedor para exposiciones. Su propia arquitectura pasó a formar parte de la imagen de Bilbao. El arte comenzó a contemplarse también como una herramienta capaz de modificar una ciudad, un modelo que tendría una enorme influencia durante las décadas siguientes.
Pero sería injusto reducir la cultura española de los noventa a sus instituciones. La década sirvió también para la consolidación internacional del cine, la expansión de la fotografía de autor, la renovación del diseño, el crecimiento de la industria editorial, la transformación de las revistas y el desarrollo de nuevas escenas musicales. La televisión multiplicó sus canales y modificó los hábitos de consumo.
El cambio resultó especialmente visible en Barcelona y Madrid, pero también en Bilbao, Valencia, Sevilla y otros lugares. Las ciudades comenzaron a utilizar los eventos culturales como una tarjeta de visita. Exposiciones, festivales, arquitectura, diseño y música dejaron de ser fenómenos estrictamente locales.
En ese sentido, los noventa europeos no fueron tanto una revolución estética como un movimiento de interconexión. La cultura europea empezaba a comportarse como una red. Sin embargo, todavía queda algo que resulta difícil de imaginar en nuestro presenta digital. La World Wide Web había sido creada a finales de los ochenta y comenzó a extenderse durante los primeros años noventa, pero todavía no era el territorio cultural dominante.

Love Parade Berlín
Un factor importante porque los noventa fueron la última gran cultura europea anterior a la plena digitalización. Los artistas podían ser internacionales sin estar conectados permanentemente. Un museo podía convertirse en acontecimiento sin redes sociales. Una fotografía podía circular por el mundo sin haber sido concebida para una pantalla.
Quizá esa sea la verdadera herencia de la década. Los noventa no inventaron la globalización cultural ni Internet, pero prepararon el terreno para ambas. Acercaron disciplinas que antes permanecían separadas, hicieron de las ciudades escenarios culturales, multiplicaron los circuitos internacionales y convirtieron la cultura en una parte esencial de la imagen de Europa.
Después vendría Internet. Los años noventa quedan en medio. Fueron lo suficientemente modernos para reconocer en ellos buena parte de nuestro presente, pero lo suficientemente analógicos para pertenecer a un mundo que ha desaparecido. Tal vez ese es el motivo por el que vuelven a los museos como la exposición que el Tate Britain dedicada a los años noventa británicos. ¿Para cuándo una sobre nuestros años noventa?

La gran exposición de Velázquez de 1990 en el Museo de El Prado reunió 79 lienzos, en la que fue la muestra más completa dedicada al pintor hasta entonces. Más de 300.000 visitantes hicieron largas colas, incluso bajo la lluvia y el frío, para contemplar sus obras.
